Etapa 6: 32 kilómetros y el día en que mis entrañas empezaron a hablar francés

 

Etapa 6

“32 kilómetros, un sacerdote con paso de Gandalf y la sospecha de que el Camino me estaba cambiando los planes.”-Adriana Oarim


Los Arcos – Logroño

Hoy retomo la escritura de mi aventura en el Camino de Santiago. Lamento haber abandonado este espacio por tanto tiempo, pero la pausa ha valido la pena. Mientras escribo estas líneas, tengo frente a mí al 'francés' que conocí en mi etapa 3. Hoy ya vivimos juntos en México, pero esa es una historia para otro día. Volvamos al pasado, porque fue al final de la etapa 6 cuando me di cuenta de que quería algo más que una simple amistad de ese extraño personaje.

Desperté temprano pues había quedado con Yohann de caminar juntos hasta Logroño, salimos de Los Arcos con las primeras luces del alba y un ser adherido que no era cualquier persona, era un sacerdote portugués al que “el francés” había conocido en el albergue. Dentro de mi pensé: ay este cabrón nos va a echar a perder el ligue que yo ya traigo. Y pues bueno, ahí nos tienen, a los tres seres que oscilaban entre la luz y la oscuridad, pero, sobre todo, en algo que tiene de particular el camino, mostrarnos vulnerables y tan reales como éramos.

Comenzamos nuestra andanza, la salida de Los Arcos nos permitió calentar las piernas porque teníamos frente a nosotros una etapa que supuestamente es de 28km, a mi me marco finalmente 32km. Cruzamos el portal de Castilla y el río Odrón, continuando por pistas de tierra bastante rectilíneas y cómodas que avanzan justo al lado de la carretera, el paisaje era impresionante, en este momento me hizo recordar escenas de El Señor de los Anillos y comencé a tratar de charlar con mis acompañantes sobre la saga y para mi sorpresa, ninguno de los dos la habían visto (en ese momento pensé: me puedes perder francés), además cabe mencionar que el sacerdote llevaba un palo, muy parecido al que usaba Gandalf, y yo les aseguraba que ese bastón le daba poder (porque ese ser caminaba muy rápido, hacia mas de 40km por día). Llegamos a nuestra primera parada el pueblo de Sansol y como ya era tradicional en mí, tenia que usar el baño así que decidimos parar en “El rincón de los placeres” y tomar un café para mi y chocolate para mis acompañantes (el francés igual quitándose puntos porque no toma café).

Nos volvimos a poner en marcha, para este momento ya algunos peregrinos nos habían pasado, otros se quedaron compartiendo algo en el bar, es interesante ir descubriendo que día a día ves caras nuevas, pero a pesar de eso todos nos saludamos con un tan familiar “buen camino” y una gran sonrisa. Caminamos 1km de bajada para poder llegar a otro pueblo Torres del Rio, y entramos a visitar una de las joyas del camino francés, la iglesia del Santo Sepulcro, con su arquitectura única, tiene una planta octogonal, algo muy poco común que suele asociarse a la arquitectura de los Caballeros Templarios (imitando el Santo Sepulcro de Jerusalén). Al ser un espacio circular/octogonal, el sonido y la luz se mueven de forma mágica. Para los Templarios, el número ocho representaba la regeneración y el equilibrio entre el cielo y la tierra. Se cree que estas iglesias octogonales funcionaban como "faros" o centros de meditación para los caballeros y peregrinos de alto rango.

Con nuestras mochilas nuevamente a los hombros nos faltaba posiblemente el tramo más duro de nuestra etapa, el camino rumbo a Viana (última ciudad de Navarra), se vuelve un sube y baja pronunciado. Y caminar al ritmo de nuestro acompañante sacerdote lo volvió más desafiante aún. Recuerdo que en un momento pasaron a nuestro lado un grupo de mujeres coreanas que ya me había topado con ellas en otros momentos y empezaron a gritar “ándale ándale sí se puede” porque como comprenderán, yo le hablaba a todo mundo en mi idioma y aprendían bien. Entonces llegamos a Viana, yo necesitaba parar en una farmacia para comprar los tan preciados “compeed”, además de tomar un café y poder continuar, no sin antes pasar por una iglesia que ahora que repaso mi trayecto voy conociendo más la historia, porque esta es otra realidad durante el camino, no te da tiempo para ser ñoña o nerd, porque entre la demanda física, el cansancio, el hambre, lavar la ropa, repasar tu siguiente etapa… ya saber tanto, es demasiado. Pues bueno, resulta que a la entrada de esta Iglesia de Santa María de Viana está enterrado el mismísimo César Borgia, aquel ser que inspiro a Maquiavelo para escribir “El Príncipe”. Todo chido, pero bien torcida la historia ¿no? Finalmente, quién soy yo para juzgar al ser ese. Pues bueno, último tramo ahora sí, dejando Navarra para entrar a La Rioja, tierra de vinos. Y tras un largo día de caminata, cruzamos finalmente el puente de piedra en la entrada de Logroño, sabíamos que al día siguiente no íbamos a caminar la misma etapa ninguno de los tres, pues teníamos planes distintos, pero en ese momento finalmente Yohann y yo nos dimos nuestros números de celular (para no volvernos a perder la pista), ellos iban al mismo albergue muy cerca de la entrada y yo, todavía tenía que caminar al albergue en donde me disponía a pasar la noche, quedamos de vernos más tarde.

Yo para este momento no daba más, estaba realmente cansada, llegué al albergue tras varias cuadras de caminata, que se me hicieron eternas (nota mental: cuando planees hacer el camino fíjate bien en dónde esta tu albergue, porque en ciudades grandes como Logroño, Burgos, León, etc., si te quedas muy lejos del camino, créeme, es agotador), total llego al Albergue Albas y un hospitalero de origen argentino me recibió, honestamente muy amable y se nota cuando somos latinos, porque la acogida suele ser un poco más “cariñosa”, me dio indicaciones y le comenté que tenía mucha hambre y por la hora (otra nota mental que mas vale tomar en cuenta, en España los horarios de comida no suelen ser como en México, las cocinas por muy tarde las cierran a las 4 pero en muchos lugares a las 3 o 3:30pm. Así que me dirigí al restaurante “Asador la bellota” que por suerte para mi estaba a solamente unos pasos del albergue, y me han servido la gran comida y con su respectiva botella, yo no sé con que pasión y antojo devore esa comida, pero al final la mesera me dijo: “hacía mucho que no veía a alguien disfrutar tanto los alimentos”.

La tarde se convierte en la gran rutina del peregrino, lavar ropa, bañarte, curarte, descansar; pero ese día Yohann me escribiría un mensaje para vernos una vez que los tres habíamos terminado nuestras respectivas tareas peregrinas, y nos fuimos juntos a conocer Logroño, por mi parte necesitaba ropa porque no sé si lo he contado ya, pero la primavera del 2024 hubo un clima “que te cagas”, así que mis dos acompañantes, el francés y el sacerdote caminaron a mi lado, así descubrimos juntos su famosa calle Laurel,  famosa por sus pinchos. Me enteré ahí mismo de que esa calle tiene una historia curiosa: hace años era el 'barrio rojo' de la ciudad. Las mujeres colgaban ramas de laurel en sus balcones para avisar que estaban libres, y de ahí viene su nombre. Quién diría que lo que empezó entre burdeles y esperas terminaría siendo la capital mundial del pincho. Me senté con ellos mientras degustaron pinchos y seguimos caminando un rato más, platicando de todo y nada, conociéndonos un poco más. Finalmente terminamos en el templo café degustando un chocolate caliente y unos churros, amarrando la tripa porque habíamos alcanzado una de las etapas más largas y al día siguiente el sacerdote y yo, continuaríamos con más de 30km.

Y si amigas y amigos, llegó el tan triste momento, despedirme de Yohann, oficialmente esa tendría que haber sido la despedida, pero… (NO LES VOY A ADELANTAR NADA). Nos tomamos fotos, nos dijimos que nos mantendríamos comunicados por whatsapp, nos deseamos lo mejor para nuestros caminos y yo, yo quería darle un beso en la trompa francesa, pero estaba un sacerdote en medio de nosotros, y aunque no lo crean, soy muy pudorosa (una hora más tarde me arrepentiría de esto).

Cerré mi día, sintiendo y pensando que quería saber más del francés, lo quería ver una vez más, pero otra parte de mi me decía “tranquila, viniste a hacer un duelo, enfócate mija”, ¡ay noooo! nunca le hagan caso a su voz de la autoexigencia, puras pendejadas me cae. No podía conciliar el sueño porque realmente quería saber más de él, saber si él sentía lo mismo que yo jaja ¡que cursi! Pero ni un mensaje le envié (o sea quería que supiera lo que sentía así por telepatía, no mames).

Me quedé dormida con el sonido de los ronquidos ajenos de fondo, la incertidumbre de saber qué pasaría y todas las dudas que en ese momento ya rondaban por mi cabeza. El Camino es un maestro extraño: te quita las capas de cebolla, te deja en carne viva, te llena de ampollas y, justo cuando crees que no puedes más, te pone delante un motivo para sonreír al día siguiente.

Aquella noche en Logroño, mientras el Ebro seguía su curso bajo el Puente de Piedra, entendí que mi duelo no estaba peleado con mi alegría. Que podía soltar lo que me pesaba y, al mismo tiempo, abrir las manos para lo que estaba llegando. Mañana sería otro día, otros 30 kilómetros y una nueva provincia. Pero esa noche, mis entrañas ya hablaban francés, aunque yo todavía no me atreviera a decirlo.

Continuará... (porque el destino tiene un sentido del humor muy fino).

Les comparto fotitos:






















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