Etapa 3 Desapego: amar sin atar. Amar y dejar volar.
“Dicen que cuando conoces al amor de tu vida el tiempo se detiene, y es verdad, lo que no te dicen es que cuando se pone en marcha lo hace aún más rápidamente para recuperar lo perdido” Big Fish
Tercera Etapa Pamplona a Puente
la Reina
Inicie el día con un pequeño
revés en el albergue de Pamplona, mientras preparaba mis cosas para salir un
chico español bastante joven me preguntó mi nombre, le respondí por amabilidad
(pero realmente nadie quiere charlar a las 6am, bueno yo no) y de pronto empecé
a notar cómo se empezó a masturbar mientras me veía arreglando mi sleeping,
primero pensé “esto no me está pasando a mí”, pero después dije “hijo de la
chingada, nadie es amable tan temprano” y voltee a verlo sumamente enojada y
con mi voz muy clara y con una leve entonación a enojada le dije: ¿es en serio
cabrón? Y en ese momento dejo de hacerlo. Termine de arreglar mis cosas y puse
sobre aviso a las otras dos chicas que estaban despertando, lo dije en voz alta
y señalando al pinche chamaco perverso (quiero aclarar que no era peregrino,
era un chico que estaba de fiesta por la ciudad y yo creo que pensó “es un buen
momento para masturbarme”) pero como dijo mi querida Arya Stark “No today” y yo
le agregaría cabrón enfermo.
Ya por fin fuera del albergue, le
comenté a una pareja de españoles (los cuales había conocido durante la cena en
Zubiri y nos acompañaríamos unas etapas más), lo ocurrido con el pervertido
aquél y me dieron consejo de llamar al albergue para que tomaran cartas en el
asunto. Así que respiré profundo y elegí iniciar de una forma distinta mi
mañana, despidiéndome de Pamplona y charlando con ellos sobre la etapa que nos
esperaba, una etapa emblemática porque cruzaríamos el famoso alto del perdón,
pero también porque encontraría a una persona que cambiaría mi camino y creo
que mi vida.
Salir de las ciudades en el
camino de Santiago a veces suele ser un poco complicado, muchos señalamientos y
el mismo bullicio de la ciudad te puede envolver, tienes que estar atento, al
final termine agradeciendo las enseñanzas que me proporcionaban estos episodios:
no todo es orden en mi vida, no en todo momento puedo vivir en un estado de
armonía o equilibrio, muchas veces he tenido que poner completa y absoluta atención
a lo que me dice mi voz interior, independientemente del caos de mi mente o de mis
emociones… porque la vida misma es así, un camino de Santiago con todas sus
matices.
El Alto del perdón es personal
para cada peregrino, para mi fue un regalo, el día estaba despejado y el cielo
era inmenso, pude comprender lo pequeña que era en ese instante, ¿a qué me
estoy enfrentando en este momento? ¿qué dolor tan grande tengo dentro de mi qué
no me puedo perdonar?... En la época medieval, los peregrinos comenzaron una
tradición. Mientras caminan por el sinuoso camino, rezan para perdonar a
quienes los han lastimado. Además, rezan para recibir perdón por las heridas y
los errores que ellos mismos han cometido.
Y antes de comenzar a subir sentí
la presencia de una persona a mi derecha (fue muy simbólico que llegara por este
lado), no recuerdo exactamente nuestras primeras palabras, pero sí recuerdo lo
que sentí: paz. Platicamos un poco, compartimos nuestros lugares de origen, a
qué nos dedicamos y posiblemente el para qué estábamos haciendo el camino. Y en
los últimos metros antes de llegar a la cúspide nos separamos, ahora sé que
cada uno tenía que subir y dejar a un lado lo que nos pesaba en el corazón. Esa
subida represento para mi lo que estaba lista a soltar, a perdonarme, a no
cargar más, esa escultura de peregrinos que te encuentras al subir, me mostro
claramente un “sigue adelante, suelta tus cargas”. Hice una pequeña pausa antes
de comenzar a bajar, había leído sobre lo que seguía en el camino y ya con el
susto de la bajada en Zubiri venía medio rezándole a media comunidad de arcángeles
que me ayudaran, pero yo creo que Dios dijo “mija ya te envié a un ser
maravilloso que dentro de poco será tu pareja, así que baja como puedas sin
chillar”, y así lo hice.
Y mientras bajaba en zigzag,
entre rezos y mentadas de madre, pude divisar una mochila que creí reconocer,
según yo, era Magaly, una querida mexicana que reencontré en el camino después
de que la conocí hace unos 10 años acá en Mexicali ¡qué cosas tiene la vida!
¿no creen?, y yo mientras bajaba con mucho cuidado gritaba: espérame, ya casi
llego. Cuando de pronto se detiene por completo ese ser con mochila, y no, no
era Magaly, era mi querido francés, ese que me envió dios, el mismo que me
había encontrado al salir de Pamplona horas atrás, el que llegó a caminar conmigo
al lado derecho, el que me dio paz… Él se detuvo y con una sonrisa muy especial
me miro a los ojos, yo ya no le quería decir “uy me equivoqué pensé que eras
alguien más”, así que empezamos a caminar juntos, y no quiero sonar tan cursi o
romántica, no fue como una película de amor en donde todo sale bien y bonito,
porque teníamos aun varios kilómetros por caminar y mucho que contarnos, pero si
puedo decir, que en ese andar, éramos solamente él y yo, reconociéndonos,
sonriendo, escuchando, hablando y acompañándonos.
Al llegar a Puente la Reina me
despedí de “el francés”, honestamente yo no quería decirle adiós, quería su whatsapp
o algo para volver a verlo, había escuchado y leído tanto sobre gente que se encontraba
en el camino y ya no se volvían a ver en ninguna etapa, pero también tenía miedo,
pensaba en que podría rechazarme y para dolores, ya con el que llevaba me
bastaba (jaja que entré aquí mi parte dramática), así que no le dije nada,
solamente nos dijimos adiós y nos separamos…
Llegué a mi albergue y para mi
sorpresa me volví a encontrar con la pareja española, me puse a lavar mi ropa, y
a hacer todos los menesteres de un peregrino. Más tarde salí a pasear con mis
amigos españoles, a comprar algo en el supermercado, a recorrer las calles de
ese pueblo medieval y de pronto aparece “mi francés” (ya a estas alturas era mío),
nos sonreímos en la calle, como dos peregrinos que aun no saben que ya están
enamorados, cruzamos unas palabras y nos dijo que fuéramos a comer a un lugar
que el había encontrado junto con algunos peregrinos amigos de él. Y bueno,
nuestra historia apenas comenzaba aquí, no intercambiamos números ni nada, en
este momento no fui consciente de que no lo vería hasta un par de días después (algo
que sin duda haría que mi siguiente movimiento fuera más rápido).
Y pues si amigos, no todo es amor
y risas en el camino de Santiago, también está el sobarte los pies, revisar si
tienes ampollas, preparar tu mochila, estudiar tu ruta, usar tapones en los oídos
porque la pinche gente ronca demasiado, despertarte a las 4:40 en cuanto los
coreanos comenzaban con el ruido en la cocina y por esas extrañas cosas de la
vida, dormí sintiendo que había sido un gran día.
Les comparto algunas fotitos de la etapa












.jpeg)














Qué precioso enamorarse así en el Camino de Santiago. Siempre intentas no cargar tanto la mochila pero el amor siempre se puede llevar en el camino. Ya me quedo impaciente saber lo que ocurrió luego con tu francés que encontraste en la subida el Alto del Perdón...
ResponderEliminar