Bitácora de viaje (parte 2): Tomar el camino que nos fue negado

 

Caminar ya no es un privilegio; hoy es nuestra revolución.

Viernes 17 de abril. Salida de la Ciudad de México con destino a Madrid.

Antes de subirnos al avión, mientras veía al grupo listo para despegar, me acordé de por qué había empezado todo esto. Durante la preparación de los ocho meses de coaching, me persiguió una contradicción: ¿Qué hacía yo, una mujer que no es creyente, organizando y guiando a un grupo por una ruta profundamente católica como el Camino de Santiago?

La respuesta la encontré mucho antes de comprar los boletos. Buscando respuestas para el grupo, me topé con un capítulo de Wanderlust: Una historia de caminar de Rebecca Solnit que me quitó la venda de los ojos. Ahí entendí que caminar sola por el puro placer de andar o pensar —algo que hoy vemos como un acto de salud, ocio o espiritualidad— ha sido históricamente un privilegio masculino y un territorio prohibido para las mujeres.

La historia nos revela tres razones clave de por qué caminar sola era un acto tan subversivo y peligroso, y entenderlas me cambió por completo la perspectiva del viaje:

1.  La asociación con la "prostitución": Durante siglos, la frontera lingüística y social fue brutal. A un hombre que caminaba por la calle se le llamaba "paseante" o flâneur (un intelectual, un observador); a una mujer que hacía lo mismo se la llamaba "mujer pública", "callejera" o "mujer de la calle". Salir a caminar sola equivalía, a los ojos de la sociedad, a estar disponible.

2.    El confinamiento al espacio doméstico: El ideal patriarcal dictaba que la mujer "decente" debía ser invisible en el espacio público; su lugar era el hogar. Salir a caminar por el puro placer de pensar rompía el orden establecido. Se asumía que una mujer sola en el exterior estaba loca o era una rebelde.

3.    La falta de seguridad como mecanismo de control: La amenaza de la violencia siempre se ha utilizado como un toque de queda invisible. Se nos educaba bajo la narrativa de "si te sales de la ruta o vas sola, te va a pasar algo", trasladando la culpa a la víctima por el simple hecho de ejercer su libertad de movimiento.

Por eso, cuando leí en el libro Un paseo por la vida de Simone de Beauvoir sobre su gran pasión por el senderismo, de cómo se ponía sus botas y recorría kilómetros sola adueñándose de su libertad a través de sus piernas, entendí que ella, y todas las mujeres que desafiaron el confinamiento de su época, no estaban simplemente caminando: estaban haciendo una revolución. Estaban reclamando el derecho a habitar el mundo.

Pensar que hace apenas unos años no podíamos salir a caminar y que ahora, nosotras, juntas, íbamos a tomar un camino, me voló la cabeza. Cuando una mujer decide ponerse una mochila y caminar hoy —ya sea cruzando montañas o haciendo el Camino de Santiago— está honrando y heredando la batalla de todas esas mujeres. Hoy, cada kilómetro que recorremos en libertad es un territorio reconquistado.

Ahí fue donde entendí que el viaje de este grupo no iba a ser un acto de devoción religiosa, sino un acto de libertad, de autonomía y de reconocimiento a nuestra genealogía. Si hoy podíamos hacer esto, era en parte gracias a las mujeres que abrieron el cielo y la tierra antes que nosotras.

Por eso, durante el coaching me di a la tarea de diseñar un tarot feminista. Quería que tuviéramos un oráculo propio que nos sirviera de guía e inspiración a través de la vida de esas mujeres. Cada día de la bitácora estará guiado por la mujer que aparezca en el tarot.




Para este primer día de viaje, cruzando el océano, la carta que nos guió fue Amelia Earhart. Su mensaje para las peregrinas fue muy claro desde el despegue: "Cruzar el océano es el acto de fe más grande. Hoy tu cuerpo vuela, pero tu alma necesita permiso para soltar lo que dejas en casa".

Esa decisión de actuar de la que habla Amelia yo la traía atravesada desde hacía meses. Decirle que sí a "En Mis Pasos" no fue un impulso; fue un desafío enorme que asumí por completo. Preparar este camino implicó meses de volcar todo mi amor, mi empeño y cuidar cada detalle para que este grupo de mujeres caminara con total seguridad. Claro que sentí vértigo. Una cosa fue planear la logística y entrenar el cuerpo, pero mi verdadero viaje empezó el día que me sostuve la mirada, confié en mi propia capacidad y asumí la responsabilidad de guiar este proyecto yo sola. Subirme a ese avión fue pura tenacidad.

Su frase me sirvió de brújula en el aire: "Lo más difícil es la decisión de actuar, el resto es mera tenacidad".

Mientras volábamos, me quedó flotando la primera pregunta para el alma, esa que tuve que responderme en silencio mirando por la ventanilla: ¿Qué es lo más pesado que traigo en mi maleta emocional y que hoy decido no bajar del avión al aterrizar en Madrid?

El viaje físico ha comenzado.

Algunas fotos: 



La última del entrenamiento con los doctores y peregrinos


Apenas nos ibamos y yo ya estaba cansada ja



Recolectando peregrinas por el aeropuerto


Aquí ya eramos ocho, todo era risas y felicidad... 









 

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