Bitácora de viaje día 5: La libertad de elegir el camino menos transitado
"Con mi alma basta para ser libre." — Josefa Ortiz de Domínguez
Hoy
el camino empezó con un recordatorio clarísimo. Todavía con el cuerpo
despertando en Villafranca del Bierzo, revisamos la carta que nos guiaría la
jornada: La Carta de la Resistencia, encarnada por Josefa Ortiz de Domínguez.
Su mensaje me cayó como una verdad absoluta: “La verdadera revolución se gesta
en el silencio y la estrategia. Hoy es un día de preparación; ahorra aliento,
pues el alma es la que te llevará cuesta arriba.” Apenas dimos unos pasos,
entendí perfecto el por qué del mensaje. Nos topamos con dos opciones: seguir
por la ruta pavimentada y conocida junto al río, o desviarnos hacia la montaña
por la variante de Pradela. Me puse a pensar en cuántas veces se nos presentan
dos caminos en la vida y tenemos que decidir. ¿Tomamos lo fácil y transitado, o
nos atrevemos al sendero que pide más aliento, pero regala otra vista? Nosotras
elegimos subir.
La belleza de la ruta alta
Subir a
Pradela no fue fácil, pero qué regalo. De pronto nos vimos envueltas en un
silencio hermoso, entre castaños centenarios y bosques de robles. Mientras casi
todos se iban por abajo, nosotras caminábamos a nuestro propio ritmo, algunas
veces hablando y compartiendo, otras, en silencio permitiendo que todo lo que
te rodea sea asimilado por cada poro del cuerpo, dejando que la naturaleza te
de una sensación absoluta de libertad y definitivamente, aprender a ver con
otros ojos, porque a veces, el tener la capacidad de elegir, te permite ampliar
la mirada y tomar esa variante en el camino fue un recordatorio de que el
verdadero viaje, empieza cuando te atreves a salir de la ruta trazada.
Ahí, entre
los árboles, escuchamos por primera vez el "cucú". Es el canto
de un ave que nunca logras ver pero que no dejó de sonar en casi todo el viaje.
Se convirtió en la música de fondo de esta y varias etapas más.
Tomar el
camino menos transitado valió toda la pena: nos regala vistas increíbles del
Bierzo, pero, sobre todo, la paz de ir a nuestro propio paso.
La sombra de la etapa: la bajada y las ampollas
La carta de la mañana nos advertía sobre la sombra del día: El desgaste
innecesario. Y qué rápido me tocó encarnarlo.
Si la subida nos pidió piernas y aliento, la bajada hacia Trabadelo nos
exigió presencia absoluta. Es un descenso inclinado y bastante técnico, con una
mezcla de pavimento, terracería y piedra suelta. Para mí, las bajadas siempre
han sido un desafío y confieso que les tengo algo de miedo. Pero esta vez quise
hacerlo diferente: elegí disfrutarlo. Bajé más rápido de lo normal, riendo,
cantando y platicando con Lau y Karen.
Sin embargo, al llegar abajo a Trabadelo, olvidé la regla de oro —esa
misma que yo sostengo dentro del coaching—: parar, quitarnos las zapatillas y
revisar el estado de los pies. Venía tan inyectada de energía por lo hermoso
del camino que me seguí de largo. Al no ver lugares abiertos para descansar,
solo estiramos, comimos algo y seguimos. Disfruté cada segundo de esa bajada,
pero mi error fue saltarme esa revisión preventiva.
Fue hasta llegar a Vega de Valcarce —a solo 3 kilómetros del final— que
el cuerpo me obligó a parar. Y ahí estaba la lección esperándome: mis primeras
ampollas en ambos pies.
Como guía del grupo, esto me dejó un aprendizaje gigante: el entusiasmo
también puede ser una forma de distracción. A veces nos sentimos tan bien, tan
"en la cima", que postergamos el autocuidado básico. Las ampollas no
aparecieron por falta de condición, sino por falta de la pausa oportuna. Y
mostrarme vulnerable con el grupo en ese momento también fue parte del proceso:
recordarles —y recordarme a mí misma— que nadie está exenta de la sombra de la
etapa.
Llegar a Las Herrerías
Con los
pies resentidos pero el corazón contento, volví a conectar con el valle hasta
llegar a Las Herrerías. Ese último tramo lo caminé sola, a mi propio paso,
aprovechando el silencio para procesar el dolor de las ampollas y reflexionar
en cómo resolverlo. El sonido del agua y la calma del lugar al llegar se
sintieron como un verdadero abrazo tras un día de decisiones importantes.
Llegar al
albergue y meterse a la regadera es un momento que como peregrina valoro
muchísimo; ese baño con agua caliente se siente casi mágico y el cuerpo lo
agradece al instante. Nos hospedamos en Casa Lixa —un lugar hermosísimo con un
restaurante delicioso— y pasamos un rato muy especial en la terraza. Con esas
vistas increíbles hacia las montañas y el valle, nos dedicamos a sanarnos los
pies, darnos masajes y descargar la fatiga de la jornada.
Más tarde
nos fuimos al río Valcarce a hacer un ritual que llamamos "El Aliento de
la Montaña". Ahí, con el sonido del río de fondo y la montaña enfrente
recordándonos el reto de mañana, nos pusimos de pie sobre la tierra para hacer
un "Anclaje de Raíces". Cerramos los ojos para sentir que nuestra
fuerza no viene solo de los músculos, sino de conectar con la tierra. Hicimos
un círculo de palabra para entregarle al agua esos pesos emocionales que
queríamos soltar antes de subir —como el miedo a fallar o la necesidad de
control— y terminamos respirando todas juntas, sincronizando el aliento.
Al terminar
el ritual, tuvimos nuestro cónclave. Ahí, Karen, nuestra guardiana de la etapa,
nos habló de lo que nos esperaba para el día siguiente: la gran subida hacia O
Cebreiro.
Me acosté
pensando en Josefa Ortiz de Domínguez y en cómo la verdadera libertad no
siempre está en no tener barreras, sino en la capacidad de elegir nuestro
propio rumbo, incluso desde el silencio y la estrategia.
Me fui a dormir con la certeza y satisfacción de que elegir la ruta alta valió cada esfuerzo y cada ampolla. Hoy me quedó claro que resistir no es aguantar el dolor a la fuerza, sino saber administrar la energía y la mente para seguir disfrutando el camino.
Comparto algunas fotos y videos de la etapa:



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