Bitácora del día 4: Honrar nuestros propios pasos
“Que la libertad sea nuestra propia sustancia”. — Simone de Beauvoir.
Etapa 1: Origen Ponferrada - Destino Villafranca del Bierzo. Distancia 23 km aproximadamente.
Lunes 20 de abril 2026
El arranque tuvo su propia
magia: ese primer momento al salir de los departamentos, reunirnos todas,
entregar nuestro equipaje* y encontrar la primera flecha que nos daba el inicio
oficial. Después vino la apertura, las once peregrinas tomadas de las manos
sintiendo la energía del grupo y esa mezcla de emoción y nostalgia al
despedirnos de la imponente estampa medieval de Ponferrada. Las primeras
charlas fluyeron ligeras mientras devorábamos esa página en blanco que se abría
ante nosotras. Qué hermoso suena Simone de Beauvoir en el papel. Te vuela la
cabeza, te inspira y te hace sentir que vas a flotar por los senderos.
Pero el camino te quita lo
romántico rápido. Conforme avanzábamos, la realidad del primer día nos aterrizó
de un golpe seco contra el piso: la "sustancia" de nuestra primera
etapa tuvo muchísimo más que ver con asfalto duro, calor y pies que empezaron a
resentir el pavimento. Oficialmente estábamos inaugurando nuestro caminar con
el tramo que va desde Ponferrada rumbo a Villafranca del Bierzo. Técnicamente
sabíamos que nos esperaban casi 23 kilómetros de ruta, pero lo que las guías no
te advierten con suficiente énfasis es la superficie: una jornada marcada por
muchísimo asfalto, un terreno implacable que no da tregua desde el día uno.
El verdadero enemigo de este primer tramo no fue la distancia en sí, sino toparnos de frente con la sombra de la etapa: la rigidez. Esa rigidez física y mental que te impone un suelo implacable que te obliga a las malas a entender que la libertad no es un concepto idílico, sino el coraje de fluir con el cuerpo cuando el terreno se pone rudo. Al final, la emoción de estrenar el recorrido y ver al grupo avanzar juntas pudo muchísimo más que la dureza del suelo.
Por suerte, el camino siempre
te da lo que necesitas en el momento exacto. Cuando las piernas empezaron a
pedir un respiro de tanta carretera, nuestra primera parada estratégica fue en
Camponaraya: el lugar perfecto para recargar energías con un buen café y
sacudirnos el cansancio matutino. Con el ánimo renovado, seguimos avanzando
hacia Cacabelos, el punto elegido para el desayuno y el espacio ideal para
reagruparnos todas las once santiaguiñas. Ahí, el suelo no fue lo único que
cambió; nos encontramos muros decorados con mensajes hermosos y reflexivos que
nos hicieron frenar en seco. Uno de ellos, un mural con un tronco viejo y
sabio, detenía el tiempo con un recordatorio potente: "Hay cosas que hay
que ver para entender la medida justa de la belleza". Y ahí estábamos
nosotras, entendiéndolo todo.
Sabiendo que el asfalto plano
de la carretera nacional no perdona, tomamos una decisión técnica clave al
salir de Cacabelos: desviarnos por la variante de Valtuille de Arriba para
evitar la carretera. Qué gran acierto. Aunque sumaba un poco más de esfuerzo y
subida, tomar esta ruta nos regaló un paisaje totalmente distinto, rodeado de
viñedos viejos y caminos de tierra que aliviaron nuestros pies y nos
devolvieron aunque sea por un rato, la conexión con la naturaleza.
Finalmente, la recompensa del día apareció ante nosotras: entrar a Villafranca del Bierzo. Llegar a este pueblo tiene algo profundamente mágico y acogedor. Sus calles empedradas, sus iglesias cargadas de historia y ese aire de refugio entre montañas te hacen olvidar al instante los kilómetros recorridos.
Directo al terminar la caminata, llegamos al Hostal El Campano. Qué bendición de lugar y qué enorme apapacho nos dio Olga con su trato; nos recibió de una forma tan cálida y hospitalaria que de verdad nos hizo sentir en casa desde el primer segundo. Ya instaladas y limpias, las primeras que llegamos salimos a compartir una deliciosa comida, mientras esperábamos con muchísima emoción al siguiente grupo de peregrinas. Estábamos ansiosas por que llegaran para compartir la mesa con ellas y, sobre todo, darles la bienvenida que se merecían. Una vez completas, nos dimos un banquete espectacular: nuestra gran comida juntas, compartiendo los platos locales, celebrando haber sobrevivido al asfalto y saboreando el logro colectivo de haber cerrado con éxito este primer gran tramo del mapa.
Por la tarde, con el cuerpo ya descansado pero el alma aún vibrando por el esfuerzo del día, nos dirigimos a realizar nuestro ritual más sagrado: "El Umbral del Merecimiento". Nos reunimos en círculo, formando una cadena de almas frente a la mítica Puerta del Perdón de la iglesia de Santiago, un rincón que exhala una energía de refugio indescriptible. Iniciamos la dinámica de la "llave invisible", cerrando nuestros puños para aferrar, con fuerza y ternura, la pregunta semilla: ¿Qué permiso te das hoy a ti misma para este sagrado Camino? Una a una, con la voz entrecortada por la emoción pero firme en su propósito, fuimos girando esa llave simbólica en el aire, liberando hacia la antigua piedra románica permisos sinceros, oraciones silenciosas y el compromiso de honrar nuestro propio proceso. Cerrar el círculo fue un momento de pura magia: pusimos nuestras manos sobre los hombros de la compañera, tejiendo una red invisible de sostén, y nos miramos a los ojos para susurrar, con un amor profundo: "Ya estás aquí, te lo mereces". Sentir ese abrazo colectivo y la energía que emanaba de ese portal sagrado nos dejó la certeza absoluta de que simplemente llegar hasta allí, juntas y con el corazón abierto, ya era un éxito sagrado.
Ya en la noche, con los pies cobrando la factura de la jornada, la emoción de vernos avanzar juntas pudo muchísimo más que el dolor del suelo. Antes de apagar la luz, me tocó masticar la pregunta para el alma de nuestra guardiana: ¿De qué etiqueta social o familiar te estás aligerando ahora que solo eres una mujer caminando? Y en el silencio del cuarto, entendí que el asfalto duele, pero la libertad de elegir nuestros propios pasos sana cualquier dolor.
*Nota de agradecimiento: Quiero hacer una mención muy especial a Luis y a todo el equipo de la empresa “Luis NCS equipajes”. Gracias de corazón por el servicio impecable que nos brindaron. Una mención especial a él, a Salva y a cada una de las personas que colaboraron detrás de escena para que nuestro equipaje estuviera listo, puntual y seguro en cada etapa del camino. Gracias por cuidarnos el paso y hacernos el peregrinar mucho más ligero. ¡Son un equipo extraordinario!








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