Bitácora de viaje día 7 "Amanecer en el camino: Decidir y habitar el cuerpo"
«Siempre
hay un amanecer y siempre hay un atardecer, y depende de ti decidir estar allí
para presenciarlo. Ponte en el camino de la belleza.» Cheryl Strayed
Jueves 23 de abril. Cuarta etapa: Fonfría - Samos (19.2km)
Definitivamente
algo que me ha enseñado el Camino es que, aunque recorras el mismo lugar, nunca
lo podrás ver igual. Era mi segunda vez despertando en Fonfría para emprender
otra etapa; y aunque en el 2024 mi destino fue Pintín (tomando la vía por San
Xil), esta vez sabía que, a partir de Triacastela, tendría un paisaje diferente.
Qué
fascinante energía tienen los amaneceres. No sé si siempre tengo la conciencia
no solo para presenciarlos, sino para permitirme sentir lo que me transmiten:
tienen una forma única de darme impulso, amplitud y gratitud. Especialmente
este día me sentía así; sin romantizar el Camino y mucho menos mi andar —que en
muchas ocasiones y por varios kilómetros se vuelve un poco tortuoso por mi
pisada, al apoyar todo el peso en el metatarso—, pero hay algo que te otorga la
naturaleza, los árboles, el paisaje y ese sol de las primeras horas del día:
para mí, es amplitud pura.
Tras
caminar 9 km llegamos a Triacastela. La villa te recibe con su guardián, “El
castaño centenario”, un enorme árbol lleno de historias y raíces. La mayoría de
los peregrinos que recorren esta parte del Camino Francés saben que al final de
este pueblo hay que tomar la decisión de seguir rumbo a Samos o a San Xil.
¿Tomar decisiones? Elegir una opción siempre descarta la otra y posiblemente te
hace pensar: ¿de qué me perdí? Pero ¿por qué no cambiamos el chip y nos
permitimos disfrutar la opción que sí elegimos? Bueno, me lo dejé como nota
mental.
Desayuné
con Chely, Paty, Pilar y Brenda. Disfrutábamos no solo de la comida —que, yo
insisto, o en el Camino sabe realmente más deliciosa o es el hambre que te da
como peregrina—; entre risas, bromas y ánimos, nos dispusimos a continuar con
el camino.
Durante la
caminata, Paty me comentaba que ella no hubiera podido hacer el Camino sola
como yo lo hice la primera vez, porque le daba miedo perderse. Y aquí me
permito compartir brevemente sobre ella: la conozco desde hace casi 6 años,
pero en realidad nos conocimos físicamente hasta el día que tomamos el avión
rumbo a Madrid. Paty llegó a mí a través de los servicios que doy en línea como
terapeuta y eso nos permitió crear cierta cercanía. Cuando me mostró su interés
por hacer el Camino en esta tribu de mujeres, honestamente me sorprendí, justo
porque muchas veces me decía que le daría miedo, que no sabía si aguantaría y
un sinfín de cosas más.
Más
adelante, Paty me regaló algo muy valioso. Por un momento caminaba a unos
metros detrás de ella; íbamos solas, rodeadas de bosques, pueblos abandonados y
largos caminos en medio de la naturaleza, sumergidas en ese silencio especial
que otorgan estos espacios. La pude ver caminando casi como si bailara con sus
bastones, disfrutando su andar, total y absolutamente presente en el camino.
Sabía que tenía a una mujer delante de mí, pero su andar era muy similar al de
una niña. Recuerdo esa imagen mientras intento describirla y sonrío: sin
saberlo, en ese instante me regaló la certeza de que crear En Mis Pasos había
sido un acierto.
Ay, el
Camino, cuántas cosas puedes vivir y sentir en tu andar. Yo iba como toda
peregrina zen, según yo bien presente, disfrutando el río Oribio, “el aquí y el
ahora” y de pronto, ese ahora se me volvió bien pinche largo, pensaba que ya
estaba muy cerca de Samos y nada que llegaba. Con las ganas de querer llegar,
los pies me empezaban a doler, quería sentarme a descansar, estirar, tomar algo
refrescante y comer… ya sé, parece increíble que solamente 10 km atrás había
desayunado, pero en tiempo esto eran más de 3 horas, además, no voy a
justificar mi hambre como peregrina.
Y esa
bajada para llegar a Samos parece que no termina nunca. Después de dejar atrás
los caminos de tierra y las aldeas, el sendero empieza a dar vueltas y vueltas
en curvas muy cerradas para ir bajando el valle. Entre los árboles se alcanzan
a ver apenas unos pedacitos del monasterio allá abajo, avisándote que ya falta
menos, pero las piernas igual van sintiendo todo el desnivel. Benditos pasos
que una tiene que dar para llegar al albergue o al restaurante para comer,
porque sí, queridas y queridos: una cosa es la distancia que Gronze o algún
sitio web te comparta de tus etapas, y otra muy distinta la realidad. Cuando ya
te sientes cansada, los últimos pasos equivalen a muchísimos. Y ese día, llegar
al restaurante “A Veiga” —que por cierto está casi al final del pueblo— se
sintió como Frodo y Sam en su tortuoso camino hacia Mordor. Eso sí, bien
deliciosa la comida y muy abundante. También fue abundante el vino, pues al
parecer varias peregrinas lo degustaron cual agua.
Los
hospedajes del día fueron dos: Casa Licerio y Albergue Tras Do Convento. Yo
pernocté en el primero y no tengo mucho que agregar: lindo el espacio y limpio,
pero la hospitalera un tanto especial. Honestamente les confieso algo: como
peregrina, llegar a un lugar y que te reciban con sus “problemas” o que incluso
lleguen a ser un poco groseros es terrible. Porque vamos, tenemos culturas
distintas y sí, como mexicana me siento más familiarizada con los apapachos y
las bienvenidas; se entiende que no siempre tengamos un buen día, pero si nos
dedicamos a recibir personas, un poquito de actitud no estaría nada mal.
Por la
tarde fuimos a conocer el monasterio. Si van a visitarlo, les recomiendo llegar
al menos una hora antes para tener tiempo de recorrer la tienda (tienen
muchísimas cosas interesantes), revisar bien los horarios de los recorridos
guiados y, por supuesto, llevar la credencial para sellarla.
Estar
parada dentro de un lugar tan grande como Samos me movió bastantes cosas. Más
allá de la historia oficial, hubo dos detalles que me llamaron mucho la
atención sobre la presencia de las mujeres ahí dentro:
Primero,
descubrir que en el Claustro Grande está la memoria del Padre Feijóo, que en
1726 escribió Defensa de las mujeres. En pleno siglo XVIII, este fraile dijo
abiertamente que eso de que las mujeres éramos «menos inteligentes» no era algo
natural, sino la consecuencia de que no nos dejaran estudiar y nos tuvieran
sometidas. Escuchar eso en un espacio tan masculino me pareció súper potente.
Lo segundo
fue quedarme viendo los murales y retablos de las primeras mártires. Ver las
pinturas del fuego y los castigos brutales te hace pensar sin filtros: al
final, eran mujeres a las que castigaron salvajemente por decir que no, por no
querer casarse a la fuerza, por no obedecer y por defender el control de su
propio cuerpo.
Para cerrar
el día leí "La Carta de la Armonía", inspirada en Hildegarda de
Bingen, y resonó muchísimo conmigo. La carta me recordaba que el cuerpo no es
solo una máquina para avanzar kilómetros, sino un espacio sagrado que también
necesita descansar y contemplar. Su sombra me advertía justo de lo que me había
pasado horas antes: que cuando me engancho en la queja o en el dolor de pies,
pierdo de vista la belleza que me rodea.
Me quedo
con la pregunta que nos dejó para el alma: ¿Qué parte de tu ser necesita ser
escuchada y sanada en este momento de quietud y naturaleza? Cerré el día
escuchando el cansancio de mi cuerpo, dándole las gracias por sostenerme,
dándome las gracias por permitirme vivir un día más en el camino.
Comparto algunas fotos tomadas en el camino, gracias a las peregrinas santiaguiñas por sus contribuciones:
















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