Bitácora de viaje día 8: Vivir la impermanencia y habitar el silencio
Viernes 24 de abril. Quinta etapa: Samos - Vilei (18.5km)
“No hay necesidad de brillar. No hay necesidad de ser nadie más que uno mismo”- Virginia Woolf
Las mañanas en el Camino me evocan algo sagrado: abrir los ojos, estirar el cuerpo, sentir el dolor y el cansancio, pero a la vez, la emoción de un día nuevo. La impermanencia de la que te vuelves consciente durante la caminata es única; por más que camines día tras día, por más que exista una aparente “rutina” —caminar, comer, bañarte, lavar ropa—, nunca nada es igual al día anterior. Los paisajes cambian, el clima cambia, el lugar donde dormirás cambia y, con todo esto, también tus emociones, tus pensamientos y tú entera cambias. Nota mental: el Camino de Santiago me enseñó a vivir la impermanencia.
Meditar,
levantarse, vestirse y preparar la mochila... todo esto lo hago en el más
profundo silencio que me sea posible; para mí es una forma de ahorrar energía y
concentrarme en el momento presente. Finalmente nos reunimos para hacer nuestra
apertura. Hubo un poco de risas porque Lau, al intentar ponerse sus tenis, los
sentía apretados y dijo: “Ah caray, estoy hinchada, me quedan muy apretados”.
Cuando va revisando, resulta que no eran su número. Y sí, eso pasa en el Camino
cuando vas en grupo y varias llevamos el mismo equipo: te puedes equivocar.
Créanme, no fue ni la primera ni la última vez; incluso Brenda estaba muy feliz
caminando con unos tenis que tampoco eran de su número.
La
despedida de cada pueblo se vuelve un ritual. No sé si algún día regresaré,
pero experimento una ligera nostalgia al decir adiós; es curioso, porque
solamente pasé por ahí unas cuantas horas... un pequeño duelo consciente, tal
vez. Aun así, me permito darme un espacio para agradecer lo que viví. Salir de
Samos sin duda fue especial: tiene una atmósfera de un lugar que transmite
sabiduría y calma.
El silencio
te hace habitar espacios desconocidos, te abre un mundo a explorar, mucho más
amplio que el que vas caminando. Ahí, sin la necesidad de brillar ni ser nadie
más, el Camino me da su mejor regalo: darme cuenta de que el mapa que transito
está vivo y soy yo. Un espacio que cambia a cada paso, pero que al fin habito
sin moldes ni apariencias. Benditos silencios que me ayudan a sentirme y
pensarme de formas más expansivas.
Mientras
recorres el Camino Francés —y pienso que puede pasar en cualquier otro camino,
pero especialmente en este porque sabemos que es el más masificado—, hay una
calma que se guarda con recelo antes de llegar a los últimos 100 km. Digamos
que personalmente me encanta recorrer los senderos en esa tranquilidad que
algunos tramos te permiten, y esa “magia” ya no es tan posible al llegar a este
punto, sobre todo si te quedas en las etapas tradicionales del final de la
ruta. Nota mental: si quieres disfrutar el Camino con más espacios de silencio,
evita alojarte en estas etapas y adelántate un poco para andar desfasada del
peregrinaje masivo.
Pero esta
vez llegar a Sarria tuvo su encanto, pues entramos a comprar unas empanadas en
la famosa panadería “Pallarés”, para disfrutarlas con un café en el Bar Flavia
y así descansar y relajar un poco. Caminar en grupo te otorga estos momentos:
reír de nuestras anécdotas, compartir platillos para probar un poco de todo y
animarnos para continuar... porque después de varias empanadas y dos cafés, es
casi un reto levantarte y seguir. Quienes hayan pasado por Sarria recordarán
que salir del pueblo significa subidas —además de la icónica foto en su
letrero— para posteriormente adentrarte en un sendero con una pendiente
importante.
Ya íbamos muy contentitas tres santiaguiñas que a duras penas podíamos subir y tomar fotos de los árboles, cuando decidí seguir avanzando, porque si agarras ritmo es mejor no parar. Así, mis amigas quedaron atrás por una gran misión: acompañar a un bicigrino a empujar su bicicleta para poder terminar por fin la gran subidita que te ofrece Sarria al salir. No recuerdo su nombre, pero sí recuerdo que nos dio las gracias y nos contó que cada año hacía el Camino para visitar a una familia. Me parecen fantásticos los hilos que se tejen en el andar.
Al retomar
nuestro ritmo, ya con muy poco para llegar a nuestro destino, nos encontramos a
un matrimonio español que hacía su primer Camino. Desafortunadamente no
recuerdo de dónde eran ni sus nombres, pero sí la charla: resulta que tenían
planeado hacer el Camino desde hace muchos años, pero por diversas situaciones
—trabajo, embarazo, hijo pequeño— no lo habían hecho. Esperaron a que su hijo
creciera para hacerlo juntos, pero al final al hijo no le pareció y ellos
decidieron que ya era su momento. Su caminata había comenzado varios kilómetros
atrás que la nuestra, posiblemente en Burgos o en alguna zona de León, y al
pasar por Ponferrada asistieron a la misa donde Pilar (la señora que conocimos
el domingo antes de comenzar a caminar), al rezar el rosario, pidió por las 11
peregrinas mexicanas que llegarían a Santiago en 11 días. Fue muy lindo
escuchar eso: esa pareja con la que estábamos conversando ya había oído hablar
de nosotras y nos dijeron: “¡Ah! Ustedes son las mexicanas por las que
pidieron”. Se siente muy bonito ese tejido que crea el peregrinar.
Por fin
llegamos a nuestro destino: Vilei. Llegar a los albergues para mí siempre es
liberador. Ese momento de quitarte el calzado, darte una buena ducha con agua
caliente, masajear tus pies y descansar, definitivamente se siente muy bien.
Pero ese día particularmente fue mejor para una de nosotras: Karen se sentía
muy mal, era la segunda peregrina con fiebre (ya le había pasado a Marlene en
la etapa de Las Herrerías). Sabemos que el reposo es el mejor remedio, y aquí
también es necesario mencionar el trabajo y la contención del grupo: lavar la
ropa de nuestra compañera, guardarle un plato de comida, prepararle un té...
todo suma. Y mi mente, teniendo alternativas por si era necesario un plan B en
caso de no mejorar. Nota mental: gracias por contratar un seguro de viaje.
Para cerrar
el día leí "La Carta del Refugio", inspirada en Virginia Woolf, y la
sincronía fue perfecta. Me quedé senti-pensando la sombra de la que nos hablaba
—ese miedo al silencio y el buscar ruido afuera solo para no encontrarme
conmigo misma— y agradecí aún más haber caminado esos tramos en calma.
Me voy a dormir en calma, pensando en la fortuna de la impermanencia; en cómo Virginia Woolf nos recordaba que el alma no es algo estático, sino una marea constante. A pesar de los muchos duelos que atravesamos en la vida, esa capacidad de transformarnos, de mutar y de habitar nuevas formas de ver el mundo es, en definitiva, una bendición.
Cierro la
etapa en Vilei con esa respuesta revoloteando, agradecida por el sostén de la
tribu, por la salud y por la certeza de habitarme en paz.
Notas del
Camino 📌
Logística
de servicios: Entre Samos y Sarria apenas hay servicios en casi 15 km. Conviene
salir con agua y algo de comer en la mochila para almorzar en el trayecto.
Sobre la
masificación: Sarria es el punto donde se suman muchísimos peregrinos (al ser
el mínimo de 100 km para obtener la Compostela). Si buscas más tramos en
silencio, vale la pena planear pernoctar fuera de las etapas tradicionales para
andar a un ritmo desfasado del grupo masivo.
Algunas fotos de la etapa:







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