Bitácora día 6: De O Cebreiro a Alto do Poio: sostener el paso y soltar el dolor
Miércoles 22 de abril. Tercera
etapa: Las Herrerías – Fonfria (19.7km) Subida a O Cebreiro
“El miedo, en gran medida, nace de una historia que nos contamos a nosotros mismos, así que elegí contarme una historia diferente.” - Cheryl Strayed
Hay días en el Camino que se marcan con letras doradas, y la etapa reina es, sin duda, una de ellas. Desde que hice mi primer Camino de Santiago aprendí que hay etapas que exigen de ti una mayor concentración, que físicamente son más desgastantes y que, aunque a veces no lo sientas por la emoción, van a modificar tus demás días, porque el cuerpo va acumulando toda la experiencia. Hoy tocaba enfrentar el ascenso a O Cebreiro y, más adelante, el exigente Alto do Poio.
Las mañanas en nuestro camino iniciaban como un ritual. Cada una a su ritmo priorizaba lo que era necesario antes de arrancar la jornada. Para mí, que ya estoy acostumbrada a salir únicamente tomando un poco de agua tibia y en ocasiones un café, mi prioridad era hacer ejercicios de movilidad, preparar la mochila, dejar la maleta en la zona de recogida y prepararme para salir. Nos reuníamos en círculo para hacer nuestra apertura: un agradecimiento por el nuevo día, un reconocimiento de nuestra fuerza y un recordarnos que somos una. Como se me hizo costumbre, al salir de cada pueblo en donde había pasado la noche, le agradecía en voz alta; pequeños hábitos que como peregrina fui adoptando.
Los primeros pasos del día para mí no son muy fáciles. Necesito tiempo para encontrar mi ritmo y especialmente si los pies ya me empiezan a doler por el tema de mi pisada —con exceso de arco y no aterrizar toda la planta del pie al pisar—. Así que en esa subida que empezamos a tener por un pedazo de asfalto me quedé atrás del grupo. Una mañana un poco nublada y con probabilidades de lluvia (pero quien conoce esta zona sabe que las probabilidades de lluvia son lo común), iba dosificando mis pasos, escuchando mis pensamientos y reconociendo la entrada que se abría poco a poco hacia Galicia.
“Cada montaña que escalamos nos enseña que los límites solo existen en nuestra mente, no en el camino.” El día de hoy en el tarot nos guiaba “La Carta de la Cima”, inspirada en Pasang Lhamu Sherpa. Esta carta habla del poder real que sentimos al conquistar una cumbre: lo que pasa en el cuerpo cuando los músculos queman en la subida, pero sobre todo lo que pasa en la cabeza al sostener el esfuerzo y no rendirnos antes de tiempo.
Poner a prueba esa fuerza en el ascenso a O Cebreiro tuvo un sentido muy especial para mí. La primera vez que caminé por aquí, la neblina era tan espesa que no pude ver nada; hice todo el trayecto a ciegas. Ahora, el cielo estuvo completamente despejado. Conforme ganábamos altura, las montañas se mostraban y el paisaje era inmenso: Galicia me dio la bienvenida. Fue maravilloso mirar ese mismo lugar con otros ojos. Y, además, acompañada de una tribu de peregrinas. Definitivamente una de las partes más hermosas del Camino Francés es la subida a O Cebreiro. Es un lugar mágico: una aldea llena de encanto, pallozas, música, folclor, tradiciones y misterio.
Nos detuvimos a desayunar en “Mesón O Cebreiro” el famoso queso con miel, uno de los recuerdos culinarios que guardaba de mi recorrido anterior y que había disfrutado con mi buena amiga María. Al llegar en esta ocasión, fui hasta la barra a pedir tres órdenes de queso y un café mientras esperaba a Karen y Laura, que estaban en la tienda de souvenirs del mismo establecimiento. Sentarme a recordar, pero también a vivir una nueva experiencia.
Justo antes de retomar el paso, tocó la bendita revisión de los pies. Como era de esperarse, las ampollas del día anterior seguían ahí, así que Karen me atendió y me curó rápidamente. Nos tocó retocar con vaselina y ajustar todo para continuar con la mitad del trayecto que nos quedaba por delante.
Para ese momento yo ya no podía acelerar, así que a partir de ahí continué a mi propio ritmo, sola. He notado que en las subidas tengo bastante potencia y puedo avanzar medianamente rápido, pero en las zonas planas —sobre todo en asfalto— vuelvo a disminuir la marcha. Así que aproveché ese espacio a solas para pensar y sentir; el camino, sin duda, es la mejor meditación activa que conozco.
Subir Alto do Poio (1,337 m) es una total y absoluta misión casi imposible. Tiene aproximadamente de 800 metros a 1 kilómetro de ascensión directa. La pendiente media en ese tramo ronda el 10 %, con rampas máximas puntuales que alcanzan entre el 12 % y el 15 %. A eso hay que sumarle que ya habíamos subido O Cebreiro y que llegar hasta este punto exigía continuas subidas y bajadas. Llega un momento en el que no es lo duro, sino lo tupido. Al llegar a la cumbre, tuve que parar a tomar un Aquarius en el bar para recuperar fuerza y admirar tremendo paisaje. A partir de ese momento quedaban menos de 4 km, que cuando estás cansada los vives como una etapa completa.
¿Qué piensas cuando recorres un camino lleno de flores amarillas? Uno que, por cierto, parecía eterno. El cansancio físico termina ayudándote a bajar la guardia; si hay algo que has querido evitar, te lo pone de frente porque la mente también se agota. Para este punto me permití senti-pensar: cómo estaba viviendo este peregrinar, cómo podía acompañar a las demás desde el disfrute y el gozo. Lloré, reí, canté y me permití sentirme completa y absolutamente vulnerable. Un pensamiento que se convirtió en gratitud pasaba por mi cabeza: el camino me regaló el aceptar la muerte de mi papá y poder soltarlo sin tanto dolor; me regaló además a un francés que peregrinó a mi lado, para que hoy vivamos juntos y sigamos creando nuestros sueños; y ese día me regaló la dicha de sentirme profundamente agradecida por acompañar a diez mujeres a cumplir el suyo.
Llegando a Fonfría fui guiada por un gato que me salió a escasos metros antes de entrar a la villa. El albergue al que me dirigía -A Reboleira-, era el único de este trayecto que repetía respecto a mi primer viaje. Además de ser un lugar muy bonito y con hospitaleros muy amables, vale totalmente la pena por la experiencia de la cena comunitaria en “A Palloza”: una mesa de madera enormemente grande, apodada de manera cariñosa “la ONU”, porque definitivamente te sientas con peregrinas y peregrinos de muchas nacionalidades.
El cansancio se vuelve parte de la ruta, pero también las risas, las reflexiones, las lágrimas, la frustración y, en ocasiones, el dolor. Para mí, la etapa 3 fue una de mis favoritas: subir O Cebreiro con el buen clima que nos tocó y poder ver esos paisajes fue maravilloso; disfrutar de su villa llena de encanto, compartir y reír con el grupo, reflexionar y senti-pensar caminando sola, y cerrar compartiendo la mesa con muchos más peregrinos y peregrinas. Como diría mi querida Brenda, “¿qué más es posible?”.
Mirar hacia atrás y ver todo lo recorrido en esta etapa le dio un sentido pleno a "La Carta de la Cima". Entendí que la cima nunca fue solo un punto geográfico ni la fuerza física para coronar una montaña, sino el poder de sostener el proceso, atravesar el cansancio y no rendirse antes de tiempo. Conquistar esta cumbre no fue únicamente subir O Cebreiro o coronar Alto do Poio; fue sostener las emociones, mirar de frente lo que dolía y transformar el esfuerzo en gratitud pura. La verdadera cima fue descubrir esa fortaleza interna para seguir caminando y acompañando desde el corazón.
Les comparto algunas fotos y videos de la etapa:

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